Los vigilantes del faro, de Camilla Läckberg

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Verdad que, a estas alturas, incluso mucho antes, Camilla Läckberg ya ha perdido su capacidad de sorprendernos; verdad indiscutible que, para ésta que es ya la séptima novela de la serie de los crímenes de Fjällbacka, antes de abrir el libro sabemos ya al dedillo la estructura que va a seguir, qué van a decir cada uno de los personajes y casi, casi, qué les va a pasar. Estamos preparados también para que la Läckberg nos corte el rollo una y otra vez cuando el episodio está en su momento más emocionante, y para tener que ir desentrañando, paralela a la trama principal, una trama desarrollada a base de flashbacks -que también nos cortan el rollo respecto al argumento del tiempo actual- que puede tener -o no- relación con aquélla.

Y emprendemos la lectura ya preparados también para la consabida ración de cuitas domésticas de la pareja detectivesca formada por Erica y Patrik, con sus retoños, y para la parte alícuota de desgracia que esta vez le vaya a caer a la hermana de Erica, Anna, así como para los episodios lúdico-festivos protagonizados por el comisario Mellberg y su modern family. El universo de Camilla Läckberg es así y no en vano llevamos ya siete recias novelas habitándolo vicariamente, las mismas que la autora lleva repitiendo siempre la misma fórmula sin innovar ni un ápice.

Cosa, por otra parte, que tampoco le hace la más mínima falta; porque, y éste es el verdadero quid de la cuestión, si llevamos leídas fielmente las seis novelas que siguieron a aquella ya lejana La princesa de hielo es porque nos encanta esa fórmula, somos fans de Erica y Patrik y su cada vez más extensa familia, y le hemos cogido cariño a ese diminuto pueblo donde sólo los muy valientes tienen cabida, habida cuenta del disparatado índice de mortalidad por violencia ajena.

Y quizás aquí podría terminar la reseña de Los vigilantes del faro, porque los lectores habituales de Läckberg saben que eso es lo que aquí se van a encontrar: otro caso de asesinato más para los protagonistas, otra subtrama más ambientada en el pasado, etcétera. De tal forma que poco importa que la trama detectivesca flojee más de la cuenta, que haya que echarle muy, muy, muy, muy poca imaginación para adivinar ya desde los primeros capítulos cuál es el intríngulis de la historia -cosa que también se aplica a la historia desarrollada en los flashbacks- y que, una vez más, dé la sensación de que al menos una tercera parte del monto total de páginas hubiera debido quedarse fuera de la novela sin perjuicio alguno de comprensión y disfrute por parte del lector.

Además, la mera anécdota del caso detectivesco de muy fácil resolución queda en decidido segundo plano si sabemos apreciar lo que debería resultar evidente si se han leído la mayoría de los libros de esta autora, y es que Camilla Läckberg sigue trazando con escalofriante y resuelta precisión la historia del sufrimiento de los niños en el primerísimo primer mundo. En cada una de sus novelas se nos ilustra sobre los diversos modos en que los adultos pueden hacer daño a los niños, y Los vigilantes del faro sigue en esa línea, como una tesela más en el mosaico rojo que esta autora sigue componiendo con sus novelas. Al lado de las viñetas humorísticas y las cálidas escenas domésticas protagonizadas por Erica, Patrik, Mellberg y compañía, palpitan, desgarradores, cuadros detallados y con harto parecido a la vida real de niños que sufren cuando no hay nada que justifique ese sufrimiento. Niños que sufren en vano y gratuitamente, en Suecia, en la Europa de hoy en día. Cuando hayan pasado los años suficientes, quizá la obra de Camilla Läckberg será valorada con justicia por esta aportación, tan dura de leer como necesaria de escribir.

 

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