Los restos de la derrota, de Roberto Moro

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los-restos-de-la-derrota-194x300Esos días en que todo cae. Como si se hubiera detenido la gravedad que todos llevamos dentro de nosotros mismos y los restos, o todo lo demás, se precipitara en bloque sobre nuestros estómagos. Esa sensación. La de la derrota. Y el sabor de la sangre entre los dientes, aunque uno no sepa muy bien si se trata de la propia o de la ajena. Esos otros días imposibles de levantar. Escritos sobre fondos en mate y pequeñas ironías colgadas justo en ese momento en que todo se precipita y lo que viene es un punto final.

Después, alguien, Roberto Moro, llega y te empieza a hablar en este pequeño libro de poesía, Los restos de la derrota, de primeros y segundos tiempos, de la importancia del factor campo, del valor de los goles como visitante y de las dichosas prórrogas de tres o más minutos. Y aunque no hable de ti, sabes perfectamente a qué se refiere. Que es más de lo que puedes decir de muchas personas que sí te conocen. Así que no, por supuesto que no vas a pegarle un tiro.

Aunque estemos aquí para perder.

Con todo, os confieso que este nunca fue un partido en igualdad de condiciones. No lo fue porque no soy una lectora habitual de poesía. Lo que más que una derrota es, ya de por sí, todo un fracaso. Pero tampoco porque a una parte de mí, irreversiblemente vencida, siempre le hubiera gustado escribir como Roberto Moro lo hace. Con esa chispa, con ese ingenio, con un milímetro de toda su poesía. Y eso a pesar de ser este su primer libro publicado. A él, o lo que queda de él – a ratos El Hombre Que-, lo podéis leer también en Planisferio o, incluso, en este mismo espacio de reseñas.

Mientras, en Los restos de la derrota -publicado por la editorial Baile del Sol , se juntan campeones, funambulistas y dioses que ni están, ni es posible que tampoco se les espere. Y se amontonan entre sus versos, caídas, armas de fuego, vísceras y cuerpos con los que encontrarse una mañana cualquiera de camino al trabajo. Poemas que divagan sobre la muerte, propia y ajena, con un cierto toque a noir. Que sacan a pasear las historias de antihéroes y disparos. El lugar perfecto donde perder -empañado a tramos por cierto hastío, por la rutina, el devenir de los días o el desamor-, no siempre significa algo necesariamente malo. Como si la derrota no fuera ya de por sí en realidad un asunto feo y pudiera acabar de otras muchas maneras.

Por ejemplo, en un poema.

Pero también, a veces, con una sonrisa.

Allí donde los vencidos, los poetas y los lectores –no importa demasiado si se pierde o no en los penaltis–, siempre ganan.

 

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