La piedra lunar, de Wilkie Collins

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Considerada por algunos, léase T.S. Eliot, como la primera y “la mejor novela de detectives de la literatura inglesa”, La piedra lunar cuenta la historia de un valiosísimo diamante amarillo, custodiado por tres brahmanes en un santuario hindú, sobre el que pesa una maldición. La joya, robada tiempo atrás, es legada en herencia a la joven Raquel Verinder por el día de su cumpleaños, fecha en la que habrá de volver a desaparecer, después de una cena repleta de invitados, todos ellos, junto al servicio de la casa, presuntos sospechosos.

Escrita bajo los efectos del opio, consumido en principio con fines terapéuticos, Wilkie Collins, que llegaría a experimentar ilusiones paranoicas bajo dicha influencia, nos relata además las consecuencias del consumo del láudano en su novela, de la que más tarde confesaría haber escrito partes que ni si quiera recordaba.

La piedra lunar fue publicado por primera vez por entregas en 1868 en la revista “All the year round”, fundada y dirigida por Charles Dickens, íntimo amigo de Collins, y constituye, junto a La dama de blanco, la mejor novela del escritor inglés, del que se dice también que es uno de los precursores del género policíaco.

Razones no faltan. A Collins se le nota su afán por innovar en el uso de una narrativa coral, donde las voces de sus personajes toman el relevo unas de otras recomponiendo con sus propias vivencias y recuerdos, a modo de diarios, informes y cartas -motivo por el cual a menudo se ha clasificado como literatura epistolar-, los acontecimientos en torno a la desaparición del diamante como si de un puzle se tratara. Son ellos, y no otros, los que de una manera global, aunque también prácticamente lineal, nos van aportando las piezas que necesitamos para componer una imagen final y la resolución de este rompecabezas.

Una estructura que su autor ya experimentara con La dama de blanco y que continuó acertadamente en esta ocasión, prodigando el relato de nuevas voces y puntos de vista, del que se desprende, en ocasiones, cierta ironía y una leve crítica social -que más tarde desarrollaría en sus posteriores trabajos-, acompañado de un agradable sentido del humor, que culmina con unos brillantes diálogos.

Al escritor inglés le debemos la construcción de unos maravillosos personajes muy bien definidos, cuyos relatos se ven viciados por sus creencias y manías personales y unas voces narrativas perfectamente diferenciadas y delimitadas. En especial, el querido Gabriel Betteredge, mayordomo al servicio de Julia Verinder, y su fantástica obsesión por la novela de Robinson Crusoe, aquejado además de esa temible “enfermedad detectivesca”. Pero también de la devota, a ratos insoportable, Drusilla Clack, o del que es considerado como el primer detective de la literatura inglesa, el sargento Cuff, cuya figura se impone en contraste a la de su igual, el inútil primer investigador del caso, el inspector Seegrave.

Con todo, su estructura no será la única coincidencia entre esta novela y La dama de blanco. Baste una lectura de la reseña de mi compañera Susana, para comprobar que el parecido entre ambas, más allá de la historia, resulta más que evidente. También La piedra lunar, además de un narración policial y de suspense, es una historia de amor, enfocada a un público genérico. También a ratos se enreda en las explicaciones de sus personajes, probablemente, como ya se señalara entonces, debido a su publicación por fascículos. Y también su esencia se basa en una buena historia, adornada en esta ocasión por una misteriosa leyenda y la existencia de tres hindúes, brahmanes, de los que poco se sabe mucho más allá de su presencia amenazante.

Así las cosas, es fácil imaginar a sus primeros lectores pendientes cada semana de la nueva publicación de esta embriagante historia. Una lectura cómoda, a la que no le faltan virtudes, imprescindible, sobra decirlo, para los amantes del género, que hará las delicias de más de un lector. Un retrato de época, con demasiados sospechosos y giros en la trama, que tiene ritmo y te envuelve completamente dentro de una narración perfectamente hilada y conseguida, transportándote a la Inglaterra victoriana, de la que no es fácil desapegarse.

 

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