El segundo sexo, de Simone de Beauvoir

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el-segundo-sexo-simone-de-beauvoir-195x300Título: El segundo sexo
Autora: Simone de Beauvoir
Editoriales: Cátedra y DeBolsillo
Páginas: 912

Existen ocasiones en que, sin quererlo, la reseña se me convierte en crítica, y otras en que, como va a ocurrir con esta, no hay manera de que llegue a ser reseña, sino más bien una necesidad de compartir con todos ustedes una lectura que me ha marcado a lo largo de los años.

Leí El segundo sexo, de Simone de Beauvoir  hace casi tres décadas, demasiadas como para no haberlo releído en más ocasiones, aunque verán, recuerdo que ya cuando lo leí por primera vez, que tendría algo así como 17 años, me marcó profundamente, aunque aquellos que me conocen, ya saben que a los 17 ya venía yo muy resabiada sobre los temas de feminismo y discriminación de la mujer.

Antes, mucho antes de cumplir los catorce años ya me preguntaba el motivo por el que las mujeres llevaban tacones tan altos o faldas tan estrechas, a mí, que me gustaba muchísimo el deporte, me era difícil comprender eso de utilizar elementos que nos hiciesen seres lentas y torpes.

Leyendo en el libro frases como esta: “Las restricciones que la educación y la costumbre imponen a la mujer limitan su poder sobre el universo”, pueden darse cuenta de que era lógico que encontrase en esta lectura, si no contestaciones, sí, al menos, alguien con quien parecía poder compartir miles de preocupaciones, preguntas y estupores.

Miraba a mi alrededor y a pesar de que oía constantemente que ser mujer era una bendición, yo no le terminaba de ver la gracia al asunto. Mujeres a mi alrededor “liberadas” que trabajaban fuera de casa y participaban en la economía familiar; sí, pero eran mujeres que trabajaban una doble jornada porque en casa el trabajo era para ellas, para ellos había cientos de barras de bares a las que había que hacer cumplida visita.

“Si la mujer ha franqueado en gran medida la distancia que le separaba del varón, ha sido gracias al trabajo; el trabajo es lo único que puede garantizarle una libertad concreta”. A pesar de lo dicho antes, sí, es absolutamente cierto que el trabajo ha independizado a muchas mujeres que querían serlo.

Es una suerte que yo siempre haya sido una chica simpática y muy abierta, pues de no ser así, la lectura de este libro, junto a mis propias reflexiones y la visión del mundo que me rodeaba, en comparación con lo poco que habíamos avanzado respecto de aquel del que veníamos, podían haber hecho de mí una antipática-resentida, y nada hay más del gusto de los y las antifeministas que una mujer agriada por la vida.

Así que una aprende que es cierto eso de que: “No se nace mujer: se llega a serlo”, y cuando crees que la frase es fácil, la entiendes, y hasta te hace sentir cierto orgullo, continuas leyendo: “Ningún destino biológico, psíquico, económico, define la imagen que reviste en el seno de la sociedad la hembra humana; el conjunto de la civilización elabora este producto intermedio entre el macho y el castrado que se suele calificar de femenino. Sólo la mediación ajena puede convertir un individuo en alteridad”. Así, pues, debemos siempre ir un poco más allá de las palabras, completar las reflexiones, no pararnos en mitad del camino.

Mientras leía el libro, y desde luego mientras lo releía, he discutido mucho, porque si hay algo que realmente me gusta, es discutir, debatir con los demás pero también conmigo misma, y esas les puedo asegurar que son las discusiones más agrias, porque tengo que aceptar que hay cosas que no comprendo, que no comparto y que me duele siquiera pensar que hay otras mujeres que no es sólo que se conformen, o que acepten ciertas situaciones, sino que las justifiquen.

“El privilegio económico que disfrutan los hombres, su valor social, el prestigio del matrimonio, la utilidad de un apoyo masculino, todo empuja a las mujeres a desear ardientemente gustar a los hombres. Siguen estando en su conjunto en posición de vasallaje. El resultado es que la mujer se conoce y se elige, no en la medida en que existe para sí, sino tal y como la define el hombre”.

Muy interesante también la reflexión sobre cómo, tanto la religión como la filosofía están y han estado siempre al servicio del hombre, pero no en tanto que ser humano, ya saben, sino como ser masculino. Nos recuerda Simone que ya en su día Platón dio “gracias por haber nacido libre y no esclavo, hombre y no mujer”. O como los judíos dicen en sus oraciones: Bendito sea el Señor que me ha creado hombre y no mujer…

Leía no hace mucho un artículo muy interesante de Elvira Lindo en el que hablando de la candidatura de de Hillary Clinton, dice de ella, “Es brillante, mucho más valiente que Obama y cae mal a un amplio sector de la población (lo cual demuestra su fortaleza). Pero le sobra un marido. Debería pedir relaciones a Michelle. Las dos serían, a mi entender, la mejor pareja posible. Una pareja histórica”. Ya ven, como dice el libro del que hoy estamos hablando, “Las cargas del matrimonio siguen siendo mucho más pesadas para la mujer que para el hombre”, y yo añado, en cualquiera de las circunstancias.

Y supongo que podríamos seguir hablando e hilando temas unos tras otros, pues muchísimas son las frases y los asuntos que Simone analiza en este extraordinario libro que, desgraciadamente, no deja de tener actualidad.

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